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El placar de mi madre en nuestra casa de Olivos tenía puertas que del lado de adentro tenían (para mi pequeño tamaño) unos espejos enormes enmarcados en pasamanería dorada. Una varilla de bronce cruzaba una de las hojas de las puertas y ahí colgaban pañuelos y chales livianos y vaporosos que alguna vez tomé a escondidas y até uno a uno a un pedazo de soga para armarme una suerte de traje de odalisca de siete velos.

Colocados uno junto a otro en el interior estaban los zapatos. Había un par altísimo en dos tonos de gris, con el taco en un tono más claro, que imitaban un estilo brogue, con esas pequeñas perforaciones decorativas en la puntera, a los que me gustaba subirme con mis pies diminutos, para arrastrarme con cierta maestría por la casa. Y después estaban las botas de caña alta que, cuando me las ponía, me llegaban casi hasta la cintura y eran mucho más fáciles de maniobrar que cualquier stiletto.

El momento en que mi madre vio el peligro que corría su calzado coincidió con la compra de un par de zapatos plásticos al estilo de la ratoncita Minnie en fucsia y turquesa. Eran de un plástico rígido, completamente huecos por dentro, sin ningún sustento para la planta del pie y con bordes tan ásperos que hacían de cada paso un pequeño padecer. No me importaba: ya estaba entendiendo el alto precio de la moda.

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Mi padre desaprobaba mi taconeo y, no sé si con el objetivo de entretenerme o amedrentarme, me hacía cuentos de mujeres chinas de piececitos vendados por una vida de padecer solo para parecer. Y sumaba alguna anécdota de los pies sangrantes de las bailarinas de ballet que había visto durante su actividad profesional, o eso decía. Cuídate siempre los pies, era el mandato. Mientras tanto, mi madre se paseaba en tacos altos y yo solo quería estar, literalmente, en sus zapatos.

Los orígenes exactos del primer calzado son desconocidos y hay evidencias de que existen desde tiempos prehistóricos. Desde necesidad primitiva de nuestros ancestros hasta símbolos de estatus y estilo, parecen haber acompañado la larga caminata del hombre (y la mujer) a través de la historia. Hay registrados hallazgos de una sandalia hecha con fibras naturales de más de 8000 años en una cueva en Missouri, o un zapato de cuero en otra cueva en Armenia de unos 3500 años. Y hemos visto a los egipcios con calzados de papiro tejido y palma, tanto en sus retratos como en sus tumbas.

En la antigua Roma, la sutil diferencia entre una caliga con clavos que dejaba los dedos al aire y un cálceo cerrado dictaba un lugar exacto en la pirámide social. Pero la verdadera locura estética llegó en la Edad Media con delirios de grandeza como las poulaines, cuyas puntas kilométricas desafiaban la física y la paciencia, o las chopines venecianas, plataformas de casi medio metro diseñadas no tanto para caminar, sino más bien para que la nobleza mirara al resto de la humanidad desde las alturas.

La evolución del calzado es también una historia de sutiles torturas aceptadas en nombre de la vanguardia. Hacia el final del reinado de Isabel I aparecieron en Inglaterra los tacos, tanto para hombres como para mujeres, un avance estético que trajo un insólito retroceso logístico: a los zapateros les resultaba tan complejo armar las hormas que empezaron a fabricar zapatos “rectos”, sin pie izquierdo ni derecho: era el propio cuerpo el que debía domar el cuero a fuerza de ampollas hasta obligarlo a adoptar una forma humana.

Habría que espiar el Versalles de María Antonieta, donde los zapatos eran verdaderas obras de arte político y frivolidad. En esa corte las mujeres lucían tacos de seda, satén y terciopelo, tan lujosos como frágiles, adornados con hebillas desmontables que funcionaban como joyas de alta gama. Pasada la revolución, los tacos altos y las excentricidades cortesanas desaparecieron para dar paso a versiones más utilitarias y democráticas: zapatos planos, de punta cuadrada, decorados apenas con un modesto lazo o escarapela, que necesitaban cintas atadas al tobillo para no perderse en las calles de una Francia que ya no toleraba los excesos.

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La sobriedad chata del siglo XIX, los zapatos con pulsera de los locos años veinte, cuando subieron los dobladillos, y finalmente al milagro ingenieril de los años cincuenta: el stiletto. Esa aguja nacida de plástico moldeado con un perno de acero adentro, atribuida a Roger Vivier y André Perugia, transformó la pisada femenina en un arma de precisión y en el símbolo definitivo de la libertad de posguerra. O no.

Pero si hay un calzado que logró el salto mortal de las trincheras a las pasarelas sin perder un gramo de dignidad, es la bota de lluvia. Todo empezó cuando el Duque de Wellington, un héroe militar británico con poco tiempo para delicadezas, le ordenó a su zapatero modificar las botas militares para adaptarlas a la vida de campo. El invento pasó de ser un fetiche de cuero para la aristocracia a una salvación masiva a mediados del siglo XIX gracias a Charles Goodyear y su proceso de vulcanización del caucho.

La North British Rubber Company tuvo que hacer funcionar sus fábricas día y noche para producir más de un millón de estas botas para los soldados que se hundían en el fango de la Primera Guerra Mundial. Décadas después, en 1980, una joven Diana Spencer las usó durante su noviazgo con el príncipe Carlos, convirtiéndolas en el uniforme indiscutido de la alta sociedad rural británica.

El cierre perfecto ocurre, por supuesto, en el barro, pero ya no en el de las trincheras, sino en el del mítico festival de música de Glastonbury de 2005. La consagración pop definitiva vino cuando la supermodelo Kate Moss caminó entre el lodo del festival luciendo un chaleco de esmoquin, unos shorts microscópicos y sus botas embarradas. En ese preciso instante, el calzado utilitario que los padres usaban para pasear al perro bajo la llovizna se convirtió en el epítome del rock and roll y la sofisticación descontracturada.

“Hay un día en el que nunca más podés ponerte un taco alto”, dijo mi madre. Me pregunto si ese tiempo ha llegado para mí. No importa demasiado. Zapatillas fetiche, tacos aguja o botas de goma para esquivar los baches de una ciudad, estamos calzando siglos de geopolítica, aristocracia o capricho divino de una supermodelo que decidió que el barro también podía ser alta costura.